05/06/2009

Videovigilancia en el baño. ¿Delito o derecho?

Por Manuel Marco

Hace una semanas salió la la luz un caso judicial que levantó ampollas en los foros de todos los medios digitales. Un padre había sido procesado y condenado por violar la intimidad de su hija. Sospechaba que era anoréxica y, para comprobarlo, colocó una videocámara en el baño con la que grababa todo lo que ocurría en su interior. La noticia se completó unos días después con datos que hacían pensar que en esta historia, como en casi todas, había más aristas ocultas que no se habían tenido en cuenta en un primer momento. Había otras denuncias contra este hombre, formuladas por su ex-mujer, relativas a supuestos casos de exhibicionismo ante sus hijas y las amigas de éstas. También parecía que la cámara había grabado a todas las personas que entraban en el baño, y que las citas habían sido visionadas por el hombre y su padre. Al menos éste último tenía conocimiento de los hechos. Como vemos, hay muchas circunstancias que no permiten ver con claridad lo que ocurrió y qué es lo que desencadenó una condena tan dura como la que hemos conocido: un año de cárcel y cinco de alejamiento de la hija.
Nosotros no vamos a comentar el fallo judicial. Nos interesa más abordar las reacciones de la gente en los foros. Hubo comentarios para todos los gustos, pero los más exaltados se manifestaban indignados por haber castigado a un hombre cuyo único delito había sido proteger a su hija. Allí estaba la clave: el padre había actuado de buena fe para cuidar de su hija. Naturalmente, había comentarios que cuestionaban la idoneidad del  método utilizado para lograr sus objetivos. En cualquier caso, esta noticia ilustra una de los dilemas a los que se enfrentan las familias a la hora de afrontar las prácticas de sus hijos en cualquier ámbito de la vida: ¿Tienen derecho a controlar todos sus movimientos, aceptado el riesgo de violar la intimidad y la libertad de sus hijos, o es más bien su obligación, y esto justifica cualquier intromisión en la vida privada de los menores? Por supuesto, hay opiniones para todos los gustos, y seguramente habrá situaciones extremas en las que las circunstancias exigirán medidas excepcionales, pero parece sensato pensar que cualquier acción por parte de los padres que entre en espacios privados de los hijos es sumamente delicada. No discutiremos si se tiene derecho o no a ese tipo de intervenciones. Lo que cuestionamos es si son el mejor método para salvaguardar la seguridad de los hijos. Por que el dilema es claro: anteponemos seguridad a confianza y comunicación. Cerramos muchas vías de diálogo y renunciamos a mantener un cauce fluido de relación con los hijos que sin duda nos puede ofrecer una información más fiable y útil que todas las cámaras del mundo y todas los sistemas  de seguimiento de los pasos de nuestros hijos.