En cada instante de nuestras vidas se producen acontecimientos que ponen en jaque nuestras convicciones, tanto las que creíamos que eran profundas como aquellas que gestionamos a medida que la experiencia, la conveniencia y los resultados nos aconsejan. Muchas de nuestras decisiones se basan en el impacto que nos generan las noticias del día, las conversaciones con las personas cercanas, los resultados de una prueba médica, la reacción de un vecino ante una llamada de atención por nuestra parte, … Lo inmediato condiciona nuestro comportamiento. Y lo hace de tal manera que no es posible desligar la decisión de un voto, la elección de un traje, la compra de un coche o la elaboración de un plan de vacaciones, de una conversación de última hora con un amigo, la lectura de un diario digital o la observación de un fenómeno imprevisto en la calle.
Estos días hemos conocido que la justicia rumana ha anulado los resultados de las elecciones celebradas en aquel país. Se ha demostrado la injerencia de diversas instancias extranjeras a través de varias redes sociales, principalmente Tik tok. Es algo que se ha denunciado en numerosas ocasiones y en diferentes procesos electorales en diversos lugares del mundo. Cada vez que hay elecciones en Estados Unidos se encienden las alarmas por el posible uso fraudulento de las redes sociales y de los datos que se recopilan a través de las redes sociales. En el caso rumano, llamaba la atención que el candidato ganador en la primera vuelta no estaba respaldado por ningún partido político, ni había realizado una campaña electoral al uso. La mencionada red social había difundido de manera machacona una serie de informaciones que se iban haciendo virales de manera artificial y habían conseguido influir de manera decisiva en la opinión de las personas llamadas a votar. Incluso se sospecha que compró sistemas de promoción para obtener ventaja en la difusión de sus ideas y recomendaciones en la red.
En el origen de este asunto encontraremos razones de estrategia geopolítica, pero, por encima de estas razones, me interesa incidir en la importancia de las motivaciones inmediatas para tomar decisiones, y cómo determinados estímulos, dirigidos a las personas adecuadas, pueden hacer que su intención se incline en un sentido o en otro. El mero hecho de votar se está convirtiendo en un acto impulsivo, movido por las vísceras, vísceras que a su vez han sido manipuladas convenientemente a través de diversos instrumentos, cada vez más sibilinos y sofisticados.
Es necesario preguntarse si esa tendencia no tiene vuelta atrás y si hemos de asumir que ya se terminó el tiempo del análisis de los programas electorales, la comparación de las medidas propuestas y la defensa de unos ideales a la hora de decidir el voto. Incluso parece perder todo su sentido esa denominada jornada de reflexión que nuestro sistema electoral mantiene, y que no parece ser necesaria.
Llegará un momento en el que será suficiente con enviar un impulso eléctrico en el momento adecuado para conseguir el voto teledirigido de cualquier persona que se acceda a ello. Y esto, que en sí mismo es aterrador, se convierte algo inasumible cuando nos damos cuenta de que ni siquiera es necesario que las personas se presten voluntariamente a estos experimentos, sino que, en determinadas circunstancias, la población no es consciente de que sus centros de decisión han sido invadidos por tecnologías que manipulan su acceso a la información.
Si quieres que te avise cuando escriba una nueva entrada, suscríbete.





