Las cruzadas autoritarias de Trump (II)

El 3 de enero de 2026, violando sin pudor la carta de Naciones Unidas, el ejército de los EE. UU. bombardeó diversos objetivos en territorio venezolano y, en una operación militar perfectamente orquestada, secuestró y sacó del país al presidente Maduro. Esta agresión se quiso justificar por la necesidad de recuperar la legalidad democrática del país y por una una supuesta defensa propia, al considerar que el narcotráfico venezolano estaba atentando contra la salud de los norteamericanos.

En los últimos años, una serie de acontecimientos habían puesto en entredicho la validez de los resultados de las últimas elecciones venezolanas, y eran numerosas las denuncias de violaciones de derechos humanos. Sin embargo, la intervención político-militar de los Estados Unidos se limitó al secuestro del presidente, dejando en el poder a la vicepresidenta de Maduro, contrariando las expectativas de la oposición venezolana. No parecía, pues, que la prioridad de la intervención americana fuera la defensa de la democracia.

El argumento del narcotráfico ya había sido utilizado para justificar los ataques con víctimas mortales a lanchas provenientes de Venezuela. Ahora engrosaba la lista de razones para la intervención militar.

Sin embargo, la primera medida que la administración Trump tomó al hacerse de facto con el poder no tuvo que ver ni con el restablecimiento de la democracia ni con la lucha contra el narcotráfico. La primera orden ejecutiva supuso tomar el control de toda la infraestructura petrolera del país. Por fin aparecía la verdadera motivación del ataque. Expertos internacionales aseguraban en aquellos días que el petróleo era la clave de la intervención, pero que detrás de este acto de desprecio al derecho internacional había un intento de proteger al dólar frente a la moneda china, clave en el comercio petrolero venezolano.

Espoleado por su éxito en Venezuela, dejó claro ante el mundo su deseo de intervenir allí donde lo considerara conveniente. Se le antojó apropiarse de Groenlandia para defender adecuadamente “su hemisferio”. La diplomacia europea, que hasta entonces había reaccionado de forma timorata ante la conducta de los EE. UU., tomó cartas en el asunto y logró tranquilizar a la bestia, al menos temporalmente.

Trump también quiso poner en vereda a Irán. El régimen autoritario de Irán se estaba enfrentando a graves protestas generadas por el descontento social. El gobierno reprimió violentamente las manifestaciones, causando cientos de muertos y encarcelando a miles de personas en todo el país. Allí tenía Trump la excusa para lanzar sus amenazas: combatir la represión de un régimen corrupto. De momento solo ha habido amenazas. En realidad, que en Irán haya graves violaciones de los derechos humanos no es algo que preocupe a Trump. Lo que busca es disponer en el país de un gobierno sumiso. Puede ser el actual, si se pliega a sus condiciones, o uno nuevo, impuesto por la fuerza. Trump solo busca el control de las materias primas. No en vano, el país asiático es uno de los principales proveedores de petróleo. Irán tiene un 10 % de las reservas de petróleo del mundo y solo Rusia produce más gas que el país asiático. Además, posee yacimientos de uranio y otros minerales.

Cuba también es víctima del recrudecimiento del bloqueo comercial ordenado por Trump. Aquí no aparecen argumentos reseñables. Este bloqueo ya es una triste tradición, pese a las incontables resoluciones de la ONU instando a su supresión.

En la madrugada del 25 de diciembre de 2025, Estados Unidos bombardeó diversos campamentos del ISIS en el noroeste de Nigeria. La operación estaba pactada con el gobierno local, y se definió como un ataque contra grupos terroristas. Trump dijo que su intervención quería contestar de manera adecuada a los grupos armados que atacaban a las comunidades cristianas. El propio presidente nigeriano salió al paso de estas declaraciones, asegurando que los terroristas no atacaban de manera exclusiva a los cristianos. De hecho, es resulta aventurado afirmar que los cristianos estén especialmente perseguidos en Nigeria. Amnistía Internacional, en diversos informes sobre minorías cristianas perseguidas en el mundo, recoge casos de discriminación, violencia y persecución de cristianos en Pakistán, Egipto, Irán, India, Argelia y China. En el caso de Nigeria, afirma que no puede hablarse de genocidio cristiano. Hay asesinatos y agresiones de todo tipo que afectan a toda la población, independientemente de que sean cristianos o musulmanes. No hay conflicto religioso en Nigeria, pero sí mucha violencia que afecta a miembros de las dos religiones mayoritarias. Así que no parece que la necesidad de defender a los cristianos fuera la razón que movió a Trump a bombardear el país. Quizás debamos volver al análisis de sus recursos energéticos para entender la especial preocupación del presidente estadounidense por la seguridad de los cristianos nigerianos. Nigeria es el primer exportador de petróleo de África y tiene una de las mayores reservas mundiales de gas, así como yacimientos de oro, estaño, hierro, tantalio, litio, coltán y uranio. Una vez más se repite el patrón de las intervenciones estadounidenses: el objetivo es controlar todos aquellos países que tienen riquezas naturales que son susceptibles de ser explotadas por el gigante americano. Es evidente que no está en la agenda de los Estados Unidos emprender ninguna cruzada religiosa. Su cruzada tiene otro sentido muy diferente.

Imagen: Pete Linforth. Pixabay

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Manuel Marco Esco

Docente, sociólogo, jubilado, curioso.