13/10/2020

La tecnología educativa en el banquillo

Por Manuel Marco

A lo largo el confinamiento se han oído voces más o menos autorizadas aportando su opinión sobre la conveniencia de utilizar determinadas herramientas tecnológicas que podían poner en peligro la confidencialidad de los datos de las personas usuarias de estos servicios. La mayor parte de las prevenciones surgían de herramientas vinculadas a Microsoft y a Google. También el sistema de videoconferencias Zoom concitaba bastantes dudas sobre el respeto a la privacidad de los usuarios. Y la privacidad no era el único problema. Se escuchaban voces que afirmaban que la tecnología secuestraba la capacidad del docente para diseñar y planificar su docencia bajo la excusa de la innovación. Muchos debates que se habían mantenido en el ámbito de los especialistas, investigadores y personas interesadas en las TIC en educación, salían a la luz pública con motivo de la pandemia y el consiguiente confinamiento. Todos los planes de contingencia para hacer frente a la nueva situación se habían fiado a tecnología y a la competencia digital de docentes y alumnado, anulando de un plumazo toda la dinámica de trabajo desarrollada hasta entonces. Pero ¿podía la tecnología por sí sola sustituir la presencialidad de los procesos de enseñanza-aprendizaje y compensar las carencias provocadas por la falta de interacción entre el alumnado y los docentes?

Si unimos a esto el riesgo de una brecha digital que podía aumentar las desigualdades en la escuela, ya tenemos un conjunto de elementos que someter a un juicio sumarísimo en el que no han faltado opiniones para todos los gustos y en todos los sentidos, muchas veces apoyadas en argumentos científicos, otras, elaboradas a partir de la experiencia del día a día, y algunas basadas en cuestiones personales de toda índole.

¿Podemos decir algo de cada una de estas cuestiones?. Veamos primero algunas aproximaciones generales, no ligadas exclusivamente al mundo digital, con respecto a la privacidad. Si leemos a Marta Peirano en su libro El enemigo conoce el sistema parece probado que las herramientas de comunicación virtual que utilizamos no son del todo inocentes y que es posible que en muchos casos se utilicen con fines comerciales en el mejor de los casos. Manuela Bataglini, experta en cuestiones relacionadas con la privacidad en las redes virtuales, también coincide en asegurar que varios de los programas que usamos habitualmente para nuestras comunicaciones están diseñados para obtener datos precisos de los perfiles y prácticas cotidianas de los usuarios. Sin entrar a detallarlos todos, varias de las herramientas de videoconferencia usadas masivamente durante las clases online se enmarcarían en este grupo de software “espía”.

Si nos centramos en el ámbito educativo, ya antes del confinamiento había algunas personas e instituciones que planteaban dudas razonables sobre el uso de los recursos que constituyen el paquete G Suite de Google. Entre las razones para no usarla, dos de especial enjundia: no se podía utilizar un software que en sus condiciones de uso obligaba a ceder los datos de los usuarios. Siendo esto grave en cualquier caso, lo era más cuando se trataba de menores, circunstancia que se daba en buena parte del alumnado. La otra razón tenía que ver con el carácter propietario del software, con la obligación de usarlo tal y cual se ofrecía, cerrado por patentes y forzando a los usuarios a utilizar sistemas cerrados.