PROFESORADO ENCHUFADO

El día 13 de marzo era un día extraño en los centros. Había despedidas sin abrazos, sin la alegría de unas vacaciones inminentes, perplejidad y un no saber hasta cuándo duraría el paréntesis que se abría.

El paréntesis está siendo largo, pero no es una parada técnica. Es un cambio de actividad. Me detengo en esta idea porque alguien pudo pensar en su día que los docentes se iban a sus casas y seguían cobrando su sueldo sin hacer nada. Sin embargo, para el profesorado comenzaba una etapa dura en la que había que hacer una adaptación de urgencia. De la noche a la mañana todo el mundo empezó a teleenseñar. Y eso era algo nuevo para mucha gente. Quien no sabía debió aprender en tiempo récord a manejarse con herramientas que tienen en mayor o menor medida, una curva de aprendizaje exigente. Se ofertaron de inmediato cursos de formación. En los foros de un medio de comunicación se afeaba el hecho de que los docentes tuvieran que aprender, que nadie se imaginaba que los médicos tuvieran que aprender a tratar la pandemia, que ya venían enseñados de casa. Si hubiera tenido tiempo, me habría gustado intervenir en ese foro para aclarar que probablemente los médicos también tendrían que haber recibido formación para auscultar a sus pacientes desde casa, o para palparles el abdomen, o para operarles de juanetes de domicilio a domicilio.

Así que un docente tipo se fue a su casa con el material que pudo llevarse del centro, con una programación que se iba a quedar en papel mojado en al menos un tercio de su extensión, con la necesidad de decidir qué herramientas iba a utilizar para comunicarse con su alumnado y con la obligación de aportar a la causa sus recursos tecnológicos.

En su casa, además, podía haber más personas confinadas, más personas teletrabajando y, probablemente, niños y niñas a los que atender.

Empezó la avalancha de información sugerencias para las clases online, los programas de televisión, Edmodo, Classsroom, Moodle, … y el desembarco en nuestras vidas de los programas de conversación online: Zoom, Google Meet, Jitsi meet, Teams… Ahora ya teníamos de todo. Incluso podíamos reciclar para la clase online nuestros powerpoints, genialys y prezzis.

El profesorado puso a disposición el sistema educativo todo su buena voluntad y su equipamiento informático, desigual y no siempre operativo. En algunos lugares de nuestra España rural la calidad de Internet depende de la climatología, por ejemplo. Y muchos de los programas recomendados para interactuar con los alumnos requieren conexiones estables y potentes y equipos informáticos actualizados. No todos los domicilios del profesorado cumplían estos requisitos. Sin embargo, hubo una tendencia general de tirar para adelante con lo que se tenía, aunque fuera a base de correos electrónicos. Al principio fue una locura, un sinvivir, porque la adaptación exigía mucho tiempo, muchas horas de preparación, de reajuste, de interpretación de la normativa que iba apareciendo con periodicidad semanal, de asegurar el contacto con el alumnado que no aparecía en las videoconferencias, que no respondía a los correos, … Había preocupación por el alumnado que quedaba desconectado y se buscaron soluciones de emergencia para que pudiera seguir las clases (equipos en préstamo, conexiones a internet, envío por correo ordinario del material de clase,…

Era solo el principio. Luego vendrían más retos, más dificultades que habría que afrontar cobre la marcha y contra el reloj. Aun cuando casi todo el alumnado y el profesorado llegaron a estar conectados, no se acababan allí los problemas. Internet y los ordenadores no tenían todas las respuestas a las preguntas que a diario los docentes nos hacíamos.

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