Internet y la muerte

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Aunque solemos encontrar noticias similares de forma cotidiana, en las últimas semanas se han acumulado las muertes de varias personas jóvenes que se han quitado la vida. En todos los casos que han trascendido, Internet y las redes sociales habían tenido alguna presencia en los hechos. Impresiona siempre el suicidio de una persona joven y resulta especialmente noticiable la relación entre la muerte e internet.
Recordemos algunos de los últimos casos: Andrea S. Un chico italiano de 15 años se quitó la vida el 20 de noviembre. Era un chaval exprovertido y pintoresco, que no ocultaba sus preferencias por el color rosa y que se pintaba las uñas sin complejos. SIn embargo, en su entorno ese tipo de conducta no fue bien recibido. Algunos de sus compañeros de clase iniciaron un acoso sistemático y persistente al “chico de los pantalones de color rosa”. Alguno de ellos incluso creó una página en Facebook para concentrar allí las burlas y agresiones. Pese a que el chico parecía fuerte, no soportó la presión.
Amanda Todd también tenía 15 años. Era Canadiense. Se suicidó el 10 de abril. A los 12 años tuvo un desliz y envió una foto de sus pechos desnudos a un desconocido a través de Internet. Desde entonces no había dejado de sufrir presiones, chantajes y acosos. Pese a cambiar varias de colegios, la perversión de su acosador hacía aflorar periódicamente en las redes sociales las imágenes de la vergüenza, haciéndolas llegar a sus nuevos compañeros, y la pesadilla empezaba de nuevo: Insultos, rechazo por parte de sus amigos, aislamiento,…. Se produjo un linchamiento moral de la chica, un linchamiento en la vida real apoyado en la potente difusión de las informaciones online. Y la chica se suicidó.
Tim Ribberink era más mayor. 20 años. Holandés. Hacía mucho tiempo que la gente se metía con él. Incluso alguien usurpó su identidad y criticó abiertamente al restaurante en el que trabajaba para crearle problemas. Pese a sus 20 años, la carta de despedida a sus padres es de una ternura casi infantil. Estremece esa frase final:
“Toda mi vida he sido acosado y aislado. Vosotros sois fantásticos y espero que no os enfadéis”. Justo antes de quitarse la vida, le preocupa que sus padres se enfaden por lo que va a hacer. Pese a que confiesa años enteros de humillaciones y soledad, tal vez lo último que esa es que también sus padres le griten.
Las autoridades de todos estos países se han puesto manos a la obra para luchar contra estos fenómenos con las armas que mejor conocen: la prohibición, el control, el convertir en delito cualquiera de esta situaciones,…. Pero quienes estamos liberados de la penosa obligación de gobernar haríamos bien en reflexionar sobre las lecciones que estas terribles muertes nos pueden aportar. Y, desde mi punto de vista, la primera no es que Internet es peligroso y mata. No. Lo que a mí me aterroriza es la inmensa capacidad de inflingir dolor que tiene el ser humano: Seres implacables deciden destrozar sistemáticamente a otros seres, y no lo hacen sólo en Internet. Lo hacen día a día, en el cuerpo a cuerpo de las clases, los patios de recreo, los lugares de ocio,…. Y hay unas personas, víctimas de no se sabe bien qué delito, que, además de sufrir la brutalidad humana, no son capaces de pedir ayuda y se hunden en un cruel aislamiento.

Cuando ocurren desgracias como estas, nos apresuramos a buscar culpables. Y las redes sociales aparecen en el primer lugar de las listas. Si alguien me asegurara que con el control de Internet todos íbamos a ser mejores personas y se iban a acabar los acosos, yo también estaría de acuerdo con ese control, pero de momento, y aunque los tituares periodísticos tienen más gancho cuando se une Internet y muerte, no me parece que internet sea el primer problema.

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