ALUMNADO PREMATURAMENTE EGRESADO

De repente, sin mediar ningún tipo de adaptación, alumnos de todas las edades se quedaron en sus casas. No eran unas vacaciones. Sin embargo, la intendencia de los distintos hogares se tuvo que movilizar para garantizar el cuidado de los niños, como ocurría en verano, y además había que supervisar las tareas escolares y asegurar que la docencia en línea era técnicamente viable. El ordenador de la casa, sin lo había, se convertía en el enlace permanente con el profesorado. Era el bien más preciado del hogar, usado por los niños para estudiar, por los padres para trabajar y por toda la familia para comunicarse con los seres queridos a los que el confinamiento no permitía ver en persona. Empezaba la experiencia de las tareas programadas y las videollamadas para tener clases colectivas. Todo un reto a ambos lados de la pantalla. La carga de trabajo que recibían los niños era abrumadora, al menos desde la perspectiva del hogar. En muchos casos no era más que una impresión. Algunos docentes, con la intención de que las familias se organizaran, habían enviado todas las tareas de varias semanas a los niños. Una vez troceada no parecía tanto, pero sí era mucho. En algunos casos, no muchos, los docentes se obsesionaron con compensar con numerosas tareas lo que no iban a poder hacer en clase, y eso significó que en algunos hogares los trabajos se hacían en equipo: alumno, hermanos mayores, padre, madre… Todo el mundo colaboraba para hacer más ligera la experiencia.

Y había que atender otras urgencias. Había hogares en los que el estado de alarma significó la ruina fulminante. El paro, la falta de ingresos, la necesidad de seguir afrontando gastos sin contar con un salario dejó en situación precaria a muchas familias. No podían comprar un ordenador o una tablet para que sus hijos siguieran las clases. No podían pagar una conexión a internet. No podían comprar comida. Hubo que echar una mando desde distintas instancias. Los servicios sociales, los centros educativos, la Administración, … Hubo un encomiable esfuerzo por garantizar que no se materializaba la temida brecha digital Se prestaron equipos, se regalaron conexiones a internet, se enviaron tareas por correo ordinario. Los equipos de Protección Civil acercaban el conocimiento a los hogares más vulnerables. Y volvemos a la eterna pregunta. ¿Con eso iba a ser suficiente?

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